jueves, 22 de septiembre de 2016

d=v.t

Hablemos de distancias:
de la velocidad que multiplica nuestros tiempos.

Aunque ya sabes,
yo de espacios entiendo poco
mi orientación siempre deja bastante que desear
y así me perdía constantemente en cualquier lugar,
aunque si me daban a elegir
siempre preferí despistarme
en el espacio que existía
entre tu boca y la mía.

No, no voy a utilizar la notación en km
que esa ya la conoces de sobra.
Te hablo de interpretar la distancia con otra apariencia,
del tiempo que tardo en reunirme contigo
que es equivalente a un simple pestañeo.
De la velocidad con la que se propagaba un nosotros
siempre creciente e imparable
con el acelerador presionado
desde que nuestro contador colocó el 0.
Batimos récords a la hora de recorrernos
conseguimos la mayor distancia posible
en el mínimo tiempo.
Esta velocidad ha sido siempre infinita,
limitarla a un número real sería poco realista.


Así empezamos a medir nuestra distancia,
con una velocidad infinita ´
y un tiempo que siempre fue cero.
Me bloqueaba en este resultado
que no conseguía descifrar
si sentía que fragmentos tuyos
ya se habían fundido en mis espacios.
Pero estas condenadas matemáticas
han podido más que nuestros anhelos,
desde un inicio ya pronosticaban
este resultado indeterminado
de nuestras distancias.





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