Aquella primera vez me supo a familiar, a eternidad.
Segundo a segundo te ibas desnudando ante mí sin ningún tapujo,
fuiste desengranando tus miedos y desenrollando tus enredos.
Yo, embelesada por el descubrimiento,
escuchaba atontada
ese despliegue neuronal e interno que me ofrecías.
Con pocas confesiones ya logré identificarme con tu ser.
Y víctima de tus miradas
me fui adentrado en ese mar que me prometías.
Así, un refugio de lo mundano encontré en ti.
Tras pensar que estos sentimientos abrumadores eran endémicos,
apareciste tú,
otro perdido más,
encontrando pistas para salir de su laberinto.
Yo te ofrecí el mío,
y ambos se entrelazaron gustosos
parecía que nunca más íbamos a encontrar la salida.
En un momento mis incomprensiones y desamparos
empezaron a ordenarse,
a ponerse en fila en las puertas de tu corazón.
Sin tener nada planeado
estos dos extremistas se estremecieron.

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